Alex Pretti: crónica de un enfermero

La escena pudo haber sido cualquier mañana. Un paciente llegaba a cuidados intensivos y Alex Pretti hacía lo que siempre hacía: estar ahí. Con la bata puesta, el pulso firme y la mirada atenta, se movía entre monitores y respiradores como alguien que conoce el lenguaje silencioso de la urgencia. Ese era su territorio: la Unidad de Cuidados Intensivos, el lugar donde la vida se sostiene por hilos finos y donde él había decidido trabajar.

 

Alex tenía 37 años. Era enfermero en un hospital del Departamento de Asuntos de Veteranos en Minneapolis. Quienes compartían turno con él lo describían como un profesional comprometido, de humor sereno, de esos que alivian la tensión con una broma breve y un gesto oportuno.
Cuidar no era para él una obligación: era una convicción.

 

Había nacido en Illinois, pero creció en Green Bay, Wisconsin.
En la escuela secundaria Preble High School practicó fútbol americano, béisbol y atletismo. Más tarde, en la Universidad de Minnesota, estudió biología, sociedad y medio ambiente.
Se graduó en 2011 y comenzó su carrera como científico investigador. Sin embargo, algo lo empujó a volver a las aulas. Quería estar más cerca de las personas, del contacto directo, del acto concreto de cuidar. Así se hizo enfermero.
Vivía solo en un condominio discreto, a poco más de tres kilómetros del lugar donde su vida se apagaría. Sus vecinos apenas lo veían, pero cuando lo hacían era suficiente para saber quién era: tranquilo, respetuoso, solidario. “Tiene un gran corazón”, dijo una de ellas, con la certeza que solo dan los gestos cotidianos.
Fuera del hospital, Alex buscaba el aire libre. Amaba la naturaleza, salía en bicicleta, necesitaba el silencio después de jornadas largas y exigentes.
Días antes de su muerte, le contó a sus padres un episodio simple, casi anecdótico: había dejado una propina de cien dólares a un trabajador latino que reparó la puerta de su garaje. No lo decía como alarde, sino como quien comparte algo que le pareció justo.
La mañana del 24 de enero de 2026, esa vida dedicada al cuidado se encontró con la violencia.
Alex Pretti fue fatalmente abatido por agentes federales de inmigración durante un operativo en Minneapolis.
Según la información disponible, participaron agentes de la Patrulla Fronteriza y de U.S. Customs and Border Protection (CBP), ambos organismos bajo el Departamento de Seguridad Nacional (DHS).
El hecho ocurrió cerca de la intersección de 26th Street y Nicollet Avenue, en el barrio de Whittier, en un contexto de presencia federal que había generado tensión entre residentes y transeúntes. Videos y testimonios indican que Pretti se encontraba grabando con su teléfono celular y tratando de ayudar a otras personas cuando fue rociado con gas pimienta y reducido por agentes. En cuestión de segundos, se escucharon múltiples disparos. Alex recibió varios impactos de bala.
Fue trasladado a un hospital local, donde falleció poco después a causa de las heridas.
Las versiones oficiales iniciales señalaron que los agentes actuaron al percibir una amenaza, afirmando que Pretti portaba un arma.
Sin embargo, familiares, testigos y registros audiovisuales han cuestionado esa narrativa. En las imágenes difundidas públicamente, Alex aparece con su teléfono en la mano, no empuñando un arma. Si bien contaba con licencia legal para portar, no existe evidencia clara de que intentara usarla en el momento en que fue baleado.
Cuando se conoció su muerte, el barrio y la ciudad se detuvieron un instante. Ciudadanos llegaron al lugar del suceso para dejar flores, mensajes, silencios. No despedían solo a un profesional de la salud, sino a alguien que representaba lo mejor de una vocación muchas veces invisible: estar para otros cuando más lo necesitan.
Su madre, Susan Pretti, lo dijo con pocas palabras y con la voz quebrada: “Amaba este país”. Quizás por eso eligió servir. Quizás por eso su historia duele tanto. Porque Alex Pretti no fue una estadística ni una nota pasajera. Fue un enfermero que cuidó la vida hasta el final. Y eso —aunque no siempre figure en los registros oficiales— queda escrito en la memoria de quienes hoy lo recuerdan.