Palabras del poeta y escritor Luis Carlos Fallon en la presentación del libro LA PATRIA QUE NOS DUELE

Dada la brevedad del tiempo, compartiré algunas reflexiones personales sobre el libro cuya presentación hoy nos convoca.

Quiero resaltar que este ensayo en particular realiza, desde esta ciudad, un vehemente llamado a la reconciliación y la paz, buscando encontrar un camino de esperanza hacia el futuro.

Mi contribución a este trabajo se limita a ofrecer un testimonio desprovisto de cualquier sesgo ideológico o del rigor de un análisis social o filosófico. Más bien podría describirlo como una exposición de mi mundo interior, mis evocaciones y recuerdos, para compartirlos con el lector.  Sin embargo, también podría considerarlo como un acto de exorcismo personal, quizás para hacer frente al dolor causado por los estragos de la guerra y la violencia que han afectado a nuestro país durante más de doscientos años.

El sociólogo francés Émilie Durkheim fue quien desarrolló por primera vez el concepto de “Anomia Social”, refiriéndose al momento en el que los vínculos sociales se debilitan y la sociedad

pierde la capacidad de integrar y regular a los individuos. Es en este punto cuando se manifiesta el desorden o la desadaptación a la normatividad hasta llegar a la transgresión de la ley y la ejecución de conductas antisociales.

Por su parte, el sociólogo estadounidense Robert Merton, en su obra “Estructura Social y Anomia”, sostiene que la anomia es un problema de regulación, e implica que las normas sociales no se cumplen o carecen de vigencia en la vida cotidiana de una sociedad.  Esto demuestra la incapacidad de la misma de exigir su cumplimiento. El surgimiento de diversas formas de violencia refleja una resistencia hacia un orden establecido por leyes que no han logrado demostrar su eficacia, lo que lleva a que algunas personas se sienten excluidas de los beneficios que brinda la sociedad, generando sentimientos de furia, rebeldía o desconfianza.  Se trata de un quiebre de las normas y objetivos establecidos por la sociedad cuando se evidencia la incapacidad del ente regulador para establecer normas preferentes y legítimas entre los asociados.

A su vez, el docente investigador y sociólogo colombiano Víctor Reyes, en su obra “La Anomia, Espacios, Tiempos y Conflictos Anómicos”, describe la anomia como una situación social en la cual las normas han perdido su fuerza reguladora y han sufrido una pérdida de legitimidad en un momento transicional de una sociedad, lo cual causa inestabilidad, desintegración y otros no deseables. Metafóricamente, corresponde a una época de oscuridad entre un orden social que aún no muere y otro que aún no nace. Según su criterio, esta fenomenología podría aplicarse a Colombia, dado que aún no se ha logrado establecer un orden social inclusivo y aceptable para todos, debido a la desigualdad heredada del orden colonial. Este desorden se ilustra en comportamientos antisociales, como colarse en el transporte público u ocupar espacios destinados a personas de la tercera edad.  Otros comportamientos, como los incidentes protagonizados por las llamadas barras bravas, quienes agreden a sus competidores de equipo debido a los resultados de los encuentros deportivos, igualmente se consideran como conductas anómicas. El profesional mencionado considera que la violencia es la expresión del “todo vale”.  No es ajeno al contexto colombiano el uso de otra expresión popular: “a papaya partida, papaya comida”. Estas manifestaciones verbales estereotipadas corresponden a un objetivo cultural desviado, cuando el individuo interpreta que la meta normal reside en una ganancia fácil, sin importar los medios o la forma de alcanzarla.

Sin embargo, el sociólogo Norbert Elías sostiene que:

“La violencia no es innata en el ser humano, sino que es un producto de la evolución cultural que moldea al individuo desde al aprendizaje y a partir de los hábitos repetitivos violentos”. “Tampoco es la violencia una enfermedad, y, por ende, ésta puede ser revertida mediante un cambio cultural y educativo que comprometa el esfuerzo de toda la sociedad”.

Dr. Luis Carlos Fallon, abogado, poeta y académico.

La ausencia de principios y valores como la equidad, la tolerancia, la compasión, el respeto a la vida, sumados a la corrupción, la codicia, y la falta de control del ego demuestran que el conflicto en el país es también en esencia un problema ético y espiritual que ha contaminado el alma colectiva de la nación. Recuperar esos valores olvidados podría elevar la conciencia social a un umbral superior. El tránsito hacia una cultura de la vida solo será posible a través de un esfuerzo conjunto que invierta en la función educativa en beneficio de toda la sociedad. Muchos de mis contemporáneos añoran la reconocida y pedagógica “Urbanidad de Carreño”, una guía útil en la instrucción y formación de varias generaciones anteriores. Pienso que sería acertado restaurar dicho texto en los establecimientos públicos del país como una acertada estrategia educativa. No dejamos de lamentar en el entorno político y social el evidente y franco deterioro de los conceptos fundamentales de la ética y la democracia enseñados por Aristóteles en sus obras “La ética Nicomáquea”, o en su destacado ensayo “La Política”.

En efecto, las manifestaciones de corrupción afectan y confunden a la ciudadanía que se pregunta por qué no se cumple el mandato que exige a los funcionarios públicos prestar el servicio a los ciudadanos en forma honesta, tal como lo expresa nuestro compatriota el escritor Jesús Neira Quintero en su libro “El Buen Servidor Público”.  Por el contrario, pareciera prevalecer la práctica equivocada de utilizar el cargo público solo para beneficio propio.  ¿Por qué es tan difícil comprender que el bien común debe primar sobre los intereses individuales?  ¿Por qué se da el ansia por acumular y poseer bienes materiales, o dinero, incluso a expensas de otros individuos, o en ilícito detrimento del tesoro público, con la falaz creencia de encontrar seguridad y felicidad de esa manera? Se trata del axioma de “Tener” vs “Ser”, analizado a fondo por el psicólogo Erich Fromm.

Para experimentar la posesión de cualquier bien material, es necesario tener una existencia previa, la esencia del ser, sujeto de una categoría ontológica. La inexistencia o pérdida de la identidad impide adquirir cualquier posesión material. En consecuencia, bajo la lógica del raciocinio, se podría deducir que el pueblo colombiano, golpeado en su integridad por la corrupción y la violencia cotidiana, “no tiene porque no es y, mientras no sea, no tendrá”.

Fruto de su sabiduría y conocimiento de la naturaleza humana, Platón dictaminó que “solo si los políticos fueran filósofos o los filósofos se hicieran políticos”, los ciudadanos tendrían la mayor ventaja para prosperar y disfrutar de una mejor democracia, dentro de la “Polis”, en la clásica Grecia.

En este orden de ideas, es pertinente plantear algunas preguntas, como: ¿Por qué se permite en la geografía colombiana la explotación despiadada del medio ambiente para obtener una ventaja económica, en detrimento del entorno natural?  El gran Mahatma Gandhi afirmó que: “Al hombre, estéril a la creación, no le es dado destruir lo que no ha creado”. ¿Por qué proliferan la crueldad y las matanzas en el territorio como una muestra infama y escandalosa de irrespeto a la vida? ¿Cuál es la dimensión que encierra el valor de una vida humana? Prefiero responder citando algunos versos de Bertolt Brecht: “El día está a las puertas. Hay ya viento nocturno; no vendrá otro mañana. No se dejen engañar con que la vida es poco. ¡Bébanla a grandes tragos porque no les bastará cuando hayan de perderla! El lodo a los podridos; ¡La vida es lo más grande! ¡Perderla, es perderlo todo!”.

“No hay camino para la paz, porque la paz es el camino”.

Gandhi

Parafraseando a Gandhi, se dice que: “no hay camino para la paz, porque la paz es el camino”.  Con el fin de buscar ese anhelado sendero, se debe reconocer con humildad que, después del enorme sufrimiento causado por la prolongada y fratricida confrontación, es prioritario inducir a un cambio espiritual y de vivencia en las subsiguientes generaciones del país a fin de dar inicio a una sociedad diferente liberada del estigma de la disfuncionalidad. Esta nueva sociedad, a través de una nueva conciencia ciudadana, se encargará de honrar el respeto a la vida, así como los principios y valores morales entre sus miembros, desde la primera infancia. Sin duda se trata de una larga y ardua tarea que corresponde a los padres de familia actuales sembrar estas semillas de amor y vida en sus hijos durante una esmerada educación en el hogar. Esta experiencia constituye la primera instancia de socialización y aprendizaje, al proporcionarles un marco referencial del cual dependerá la visión que desarrollen hacia su entorno y la actitud que tengan hacia los demás. El estado reforzará este esfuerzo a través de sus programas educativos.  Adoptar el perdón implica iniciar una renovación en el alma que conduzca a sanar las secuelas dejadas por la guerra al cultivar un corazón sin resentimientos ni rencores, fomentando la tolerancia y el respeto, dentro de una pacífica convivencia en comunidad.

Se trata de alentar a que en el país renazca la esperanza, como una opción de cambio, dentro de una cultura de la paz que rechace la confrontación, el odio irracional y la violencia; prácticas equivocadas y dañinas que han contribuido a perturbar, desde varias generaciones anteriores, la original concepción de la política, en nuestro entorno social. Con razón se ha dicho que: ¡No hay paz sin justicia!  ¡No hay justicia sin ética, como tampoco hay cambio, sin educación!

Antes de concluir me gustaría evocar, a modo de reflexión, estos elocuentes versos de Octavio Paz:

“El bien, quisimos el bien, enderezar el mundo.
No nos faltó coraje, nos faltó humildad;
lo que quisimos no lo quisimos con inocencia”.

Miami, 4 de mayo de 2023

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