En los últimos años, los profesores universitarios venezolanos han sido víctimas de un proceso de degradación y deshumanización que resulta imposible de comprender en toda su magnitud.
No solo se ha pisoteado su nacionalidad y procesión de docentes e investigadores, sino que han sido empujados a una existencia indigna, marcada por la humillación y la carencia de derechos fundamentales.
Nadie debería ser sometido a la dirección destructiva de un sistema que, lejos de proteger, somete, reprime y hace desaparecer a sus ciudadanos sin distinción de edad.
La dependencia de bonos de hambre y la condena a una jubilación indigna son el reflejo de años de cotizaciones y trabajo que, en vez de asegurar una vejez tranquila, han perdido todo valor.
El desprecio por la salud ha conducido a un deterioro físico y emocional sin precedentes, violando el derecho esencial a una vida digna.
Para los profesores, la represión se ha vuelto aún más cruel: se les impone una política restrictiva destinada a silenciar su pensamiento crítico, ignorando que estos hombres y mujeres han formado a generaciones enteras que hoy hacen vida en otras latitudes.
La jubilación, que en algún momento fue símbolo de logro y respeto, se ha convertido en sinónimo de hambre y necesidad.
Lo que una vez se logró gracias a políticas públicas que permitieron acceder a vivienda, vehículos y experiencias en el mundo, desapareció de un plumazo.
Ahora, muchos se han visto obligados a vender su patrimonio solo para subsistir en condiciones cada vez más precarias: renovar la ropa, calzado o libros es imposible; la alimentación es deficiente, y la apariencia se deteriora hasta el punto de sentirse irreconocibles.
Muchos viven al amparo de sus hijos, quienes a su vez enfrentan sus propias dificultades, y quienes pueden ayudar, lo hacen a costa de su propio bienestar.
La persecución por expresar ideas libres o simplemente rebelarse ante la injusticia es una realidad constante.
El mantenimiento de la salud, fundamental para cualquier persona, se ve obstaculizado por la insuficiencia alimentaria, el estrés de las obligaciones cotidianas y la imposibilidad de costear los servicios básicos.
Las enfermedades se multiplican, y la atención médica, a pesar de haber sido construida con el esfuerzo de estos mismos profesores, ahora es inaccesible por los altos costos y la dolarización de los servicios.
Muchos terminan resignados a hospitales públicos inservibles, a remedios caseros o, peor aún, a mendigar ayuda entre familiares y amigos.
La consecuencia más frecuente es ver a estos profesores deambulando por las calles, viviendo de la caridad y de bonos insuficientes, víctimas de un sistema de seguridad social colapsado.
Cuando llegan enfermedades graves, como cáncer, neumonía o diabetes, la muerte se convierte en una amenaza constante, pues ni siquiera los seguros privados resultan accesibles.
Si logran recibir atención médica, es gracias a la bondad de terceros o a colectas públicas, pero el desenlace muchas veces es la resignación ante la injusticia.
Es profundamente indignante que profesionales con una vida de logros académicos, reconocidos y galardonados, terminen en la ruina, convertidos en mendigos de un sistema que debería garantizarles una vejez digna.
Decenas de profesores mueren cada año por falta de recursos, víctimas de enfermedades que podrían haber sido tratadas a tiempo.
Los gremios docentes carecen de recursos para ayudar, los hospitales están destruidos y las aseguradoras no cubren a los adultos mayores, agravando una situación ya de por sí desesperada.
La riqueza del país, que debería asegurar el bienestar de todos sus ciudadanos, está en manos de quienes se han apropiado del Estado para su propio beneficio, desentendiéndose por completo de la salud y dignidad de la población.
Las redes sociales están llenas de solicitudes de ayuda para profesores ilustres, grandes poetas y formadores de generaciones, que terminan pidiendo auxilio público para sobrevivir.
Estos casos, lejos de ser aislados, son el reflejo de una crisis sistémica que exige con urgencia un cambio profundo.