Pablo Portaluppi : Elecciones 22 O: Del enojo a la frustración, en primera persona

El domingo, conocidos los resultados electorales de la primera vuelta, estaba entre perplejo y devastado. Luego, al igual que lo que les pasó a millones de argentinos, sentí enojo.

 

¿Cómo puede ser que casi 10 millones de personas hayan votado al candidato del oficialismo de un país con 50% de pobreza y 150% de inflación anual, y que encima ese candidato es ni más ni menos que el propio ministro de Economía?

 

La primera respuesta que imaginé tajante fue el título que iba a llevar el artículo que pensaba escribir: sencillamente inexplicable.

 

Pero no. Todo, hasta lo más absurdo, tiene su explicación.

 

Tengo 50 años y hace 20 que vivo en Mar del Plata. Los primeros 30 años de mi vida los pasé en mi ciudad natal, la vieja capital federal, hoy llamada CABA. Lo primero que aprendí desde que me convertí en marplatense es que las cosas se ven desde una perspectiva bien distinta a cómo se miran desde la gran ciudad.

 

Y ahí radica un primer intento de explicación al mazazo del 22 de octubre.

 

Muchas veces se cuestiona a los dirigentes políticos de haber perdido cierta sensibilidad social desde el micro clima en el que viven. Y hay que decirlo: el periodismo y los analistas, o al menos una parte de ellos, también parece que la están perdiendo.

 

La realidad se ve muy distinta fuera de los confines de la General Paz.

 

He comprobado en charlas con familiares que viven en barrios de clase media como Flores y Caballito, que hay ocasiones en que tienen una percepción equivocada de las cosas más simples. O cuanto menos desenfocada.

 

Mar del Plata es una de las 10 ciudades más pobladas de la Argentina, y sin embargo, no deja de ser un pueblo. La mayoría de sus habitantes, aún los ex porteños, son menos sofisticados que aquellos, y no hurgan demasiado en explicaciones complejas. Las cosas son o no son.

 

En lo personal, siento una profunda aversión por Sergio Massa. Me parece un chanta, un oportunista, un tipo sin escrúpulos que es capaz de cualquier cosa con tal de lograr su meta. No importa a quien pise. Y peligroso, muy peligroso.

 

Así y todo, no me sorprendió su triunfo.

 

Algo temí en los días previos a la elección, y así lo hice saber en este artículo firmado con seudónimo, que por algo lo titulé PELIGRO DE MASSA https://elobservadoronline.com.ar/peligro-de-massa/

 

Manejo una empresa familiar de agua envasada muy pequeña, con apenas 6 empleados. Están en blanco y tienen un sueldo entre bueno y digno. Cuatro de ellos me habían manifestado que iban a votar a Massa. Es decir, un 66,66%.

 

Por supuesto, no es representativo de nada. Pero muestran una realidad que sabemos que existe pero no la palpamos frente a una persona con la que convivimos todos los días.

 

Es esa realidad la que a veces no se contempla en su justa medida desde un escritorio vestido con saco y corbata y leyendo informes con cifras.

 

Yo no vivo del periodismo, sólo lo ejerzo “por amor al arte”. De lo que mis hijos comen es de la empresa, que me permite estar en contacto con la materia prima sobre la que escribimos: la realidad nuestra de cada día.

 

Y en una ciudad que tiene la más alta desocupación del país, rodeada por un “conurbano” propio, donde la propia policía reconoce la complejidad de su dinámica.

 

Uno de mis empleados me dijo con respeto: “Vos te podes dar el lujo de elegir libremente porque tenés una red. Nosotros tenemos poco y no lo queremos perder”.

 

Yo me compré un terreno hace 2 años”, manifestó otro. “Y eso lo hice con este gobierno”. Me vi tentado a responderle que también me tenía que agradecer a mi por poder hacerlo, pero no era la intención discutir, sino conocer sus opiniones.

 

Uno de ellos cobra más del Estado que del sueldo que yo le pago. El básico de convenio de mi actividad es de aprox. $260.000. Calculen.

 

El cuarto, finalmente, me mostró lo siguiente:
No quise explicarle que eso no era necesariamente cierto, pero lo entendí. Es un buen muchacho.

 

El primero de ellos, el que teme perder todo, también me dijo que nunca como antes tuvo tanta plata en el bolsillo.

 

Recordando estos argumentos, el enojo dejó paso a cierta desilusión. De un país enamorado del pobrismo, de esa “épica de cotillón” que tanto nos gusta vender, de cierta patética gesta “malvinera” que tanto nos enorgullece.

 

Un país que sale de a millones a festejar un gol pero no es capaz de protestar por la inflación.

 

Otra vez el enojo.

 

Pero esta frustración, que aún la siento, está luchando por darle espacio a la comprensión.

 

De una Argentina que, según un estudio de la UCA, tiene 28 millones de ciudadanos que reciben ingresos directos de parte del Estado. Con una población estimada en 45 millones de personas, la cifra es alarmante: el 62% de los argentinos depende de la teta estatal.

 

Una República que en 1985 tenía un 14% de pobreza y hoy tiene un 50%.

 

Un país con estos números es inviable. Pero existe y también somos culpables de que exista. Lo hemos sabido construir pacientemente.

 

Massa fue festejado hace 10 años desde muchos medios como una saludable renovación peronista. Hoy casi es Presidente, nada menos. Un hombre que una vez en el poder, va a ser muy difícil sacarlo de allí. Ya lo comprobamos con Menem y con Kirchner, dos de sus “maestros”.

 

El peronismo es un monstruo del que vive mucha gente, algunos por necesidad, unos pocos por convicción, otros muchos por conveniencia. Y no sólo tiene cautivos a los pobres. También a demasiados ricos. Sindicalistas, empresarios, y periodistas.

 

Y también a opositores. El peronismo, hoy en su versión kirchnerista, es ese marido golpeador que muchas esposas no pueden abandonar, es ese macho alfa que sociedades como las nuestras necesitan, es ese líder de la manada que nos está llevando a la destrucción pero poco nos importa. Porque de alguna u otra manera, vivimos de él.

 

La responsabilidad es más abarcativa de lo que aceptamos creer. Y en ese contexto, el voto es menos sofisticado de lo que suponemos porque ya no somos aquel país que se creía europeo. Hace décadas que ya no existe.

 

El éxito del kirchnerismo es solo su más brutal demostración

 

Pablo Portaluppi

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