Dr. Pedro A. González Jr.; La Patria bajo sospecha

Por Pedro A. González. Jr.

Regresar a La Habana con Martí apretado al pecho era, en mi mente, un acto de restitución poética y civilizatoria. Iba por una invitación de mi Alma Mater para presentarlo en la Feria del Libro, en el Castillo de la Fuerza, a unos metros de donde el pelotón de fusilamiento del argentino Guevara convirtió la sangre de cubanos en destellos de historia. No viajaba solo con páginas: viajaba con mi libro Ebrio de luz [3], intentando devolverle a la isla el resplandor de su pensador más luminoso, una brújula moral en medio de la penumbra cotidiana. Qué paradoja tan íntima: desafiar la vieja máxima de aquel que, una vez, me advirtió, casi en un susurro en una noche húmeda de Miami: “Nunca regreses donde fuiste feliz”.

Quise regresar no por un capricho de la nostalgia, sino porque los recuerdos, como las emociones, tienen una forma insidiosa de anclarse en la memoria. Llevaba a Martí como quien carga un puente: un intento de coser los hilos entre lo que fuimos, lo que somos y lo que acaso no volveremos a ser. En mis trabajos previos he sostenido que la emigración cubana no puede leerse como una simple ruptura, sino como parte constitutiva de la cubanidad; en palabras de mi libro, “las migraciones [son] alimento del tejido social” y Cuba es “un ajiaco cultural” [3]. Por eso el destierro, lejos de cancelar la patria, la rehace: en la memoria, en el lenguaje, en la voluntad moral del exiliado [2,3].

Mientras millones de cubanos, desperdigados por el mundo, regresan, de forma intermitente, con sus maletas y “gusanos” cargados de diferencias materiales — medicinas, ropa, el ruidoso bienestar del consumo — , mi cargamento era puramente simbólico. Yo no llevaba la “civilización” de las tiendas de Miami empaquetada en plástico; llevaba la del pensamiento libre. Apretaba contra el pecho las páginas celestes y rubíes de un libro escrito en la soledad del pantano, sobre aquel poeta amoroso, desmesurado y suicida que supo, por encima de sí mismo, enseñarnos a ser.

El sistema, habituado a procesar y metabolizar la diferencia económica porque la necesita para subsistir, se reveló, sin embargo, incapaz de digerir la diferencia de las ideas. Ya había sostenido que la emigración cubana no constituye una anomalía exterior a la nación, sino una de las fuerzas que, históricamente, han alimentado su tejido social y su autoconciencia; por eso, el exilio y el retorno frustrado no son simples accidentes biográficos, sino momentos de una cubanidad en disputa.

Llevar a Martí a La Habana equivalía, para mí, a devolverle a la isla una parte de su propia tradición crítica: la que insiste en que la patria no puede reducirse ni a la obediencia ni a la frontera, sino que vive en “la conciencia de ser cubano y la voluntad de quererlo ser” [3]. Y si, como sostuve en Ebrio de luz, “la emigración, ¿ruptura de la cubanidad?” es una pregunta que debe responderse históricamente, y no con eslóganes [3], entonces la escena de la aduana fue menos un incidente administrativo que una alegoría nacional: se tolera el flujo de mercancías que da alivio a la miseria, pero se vigila, con celo, la circulación de ideas capaces de alterar la propaganda [1,2,3,4,5].

I. Aduana de la sombra

La barbarie no era allí la ausencia de asfalto ni el colapso de la red eléctrica; era, más bien, el miedo institucionalizado a la palabra escrita. En la penumbra burocrática del aeropuerto de La Habana se escenificó, de golpe, la vieja tesis de Domingo Faustino Sarmiento. El maestro errante de la república argentina, exiliado de la intemperie americana, parecía alzarse en ese instante como una sombra tutelar: un hombre que hizo del destierro una escuela y de la palabra un faro contra la noche. Al decretar mi deportación, la morena oficial de inmigración no solo rechazaba un libro sobre el Apóstol; consumaba, además, el acto bárbaro por excelencia: la censura de la fuerza contra la luz de la ilustración. El régimen tolera el “gusano” de nailon que alivia el estómago de la isla, pero le teme al “gusano” de papel que despierta la conciencia. No en vano, en Al sonido de mí mismo, recordé que Martí fue “un fraile poseído por la verdad” cuando se piensa en la tradición de quienes enfrentan el poder desde la palabra moral [5,8].Ese pasillo estéril se convirtió en mi línea de demarcación. Cruzar ese umbral, de vuelta al avión, me despojó de la condición de simple viajero para dejarme, de un solo golpe, con una doble y dolorosa heráldica: emigrado por decisión; exiliado por decreto. Comprendí entonces que el lugar y la gente evolucionan, pero los mecanismos del control absoluto permanecen congelados en su propio pánico histórico.Si el destierro forma parte del legado cubano — como lo demuestran tanto la trayectoria de Martí como la de tantos intelectuales y patriotas que pensaron a Cuba desde fuera de la isla — , aquella expulsión no canceló mi vínculo con ella: lo volvió más consciente, más severo, quizá más verdadero. Como afirmé en Ebrio de luz, “el destierro [es] parte de nuestro legado” [3]. La emigración, lejos de romper definitivamente la cubanidad, la tensa y la reescribe, obligándola a explicarse de nuevo. Por eso el retorno frustrado no fue solo una humillación personal, sino también la prueba de que la nación sigue siendo un campo de disputa entre memoria, pertenencia y poder [1,2,3].La mirada asombrada de la rubia aeromoza, a mi regreso al avión, completó el epitafio: “Tan pronto de vuelta”. Y respondí, con mi libro sobre Martí todavía apretado contra el pecho: “Soy un terrorista”.

II. Los caminos que no clausura el poder

Sin embargo, esta crónica del no viaje no podía cerrarse con la victoria gris del burócrata. Más allá del sello aduanal que clausuró mi entrada física, la isla respira bajo otra legalidad, una que ningún decreto alcanza a regular. Las creencias afrocubanas, lejos de ser un simple adorno folclórico, han funcionado como una estructura de sentido, de resistencia y de cohesión simbólica frente a la precariedad institucional [6]. En esa fe sincrética, en esos vasos de agua detrás de las puertas y en los collares ocultos bajo la ropa, late una gramática de supervivencia que el Estado no controla. Al fin y al cabo, si Cuba es — como escribí — “una mezcla maravillosa” [3], también lo es su capacidad de resistir desde registros que desbordan la política oficial y preservan una soberanía íntima. Allí, donde el poder pretende cerrar, algo siempre vuelve a abrirse.

El funcionario que firmó mi expulsión creyó haber cerrado mi camino, olvidando que, en el universo religioso de Cuba, los caminos los abre y los cierra Elegguá, no una orden del partido. Mi Martí, indómito y ebrio de luz, no pudo ser deportado; se quedó flotando en el aire de La Habana, habitando esa civilización espiritual que sobrevive a la barbarie de los decretos pasajeros [4,6]. Y, sin embargo, en la puerta de ese umbral de mi vida, no me acompañó la victoria, sino una tristeza lenta, casi mineral: la tristeza por las vidas desgastadas por la política, por los cuerpos y las almas consumidos en la intemperie de una historia que no termina de reconciliarse consigo misma.

Temo por la nación, no solo por lo que pierde en libertad o en memoria, sino por la fatiga moral que se deposita, año tras año, sobre sus hijos, como un polvo fino que va apagando la esperanza. Esa es, quizás, la herida más honda: no la expulsión de un hombre, sino el cansancio de un país.

Referencias

[1] Bolívar Aróstegui, N. (2008). Los orishas en Cuba. Editorial Unión.

[2] Duany, J. (2011). Blurred Borders: Transnational Migration between the Hispanic Caribbean and the United States. University of North Carolina Press.

[3] González Munné, P. (2014). Ebrio de luz: La emigración cubana en los EEUU — Siglo XIX. Editorial Letra Viva.

[4] González Jr., P. A. (2026). El eterno retorno del Imperio: Martí, Cuba y la persistencia de la lógica imperial en América Latina. Manuscrito.

[5] González Munné, P. (2001). Al sonido de mí mismo. Editorial Letra Viva.

[6] Rojas, R. (2001). José Martí: La invención de Cuba. Editorial Colibrí.

[7] Sarmiento, D. F. (2003). Facundo: Civilización y barbarie. Biblioteca Ayacucho. (Obra original publicada en 1845)

[8] González Munné, P. (1991). Las Casas, un fraile poseído por la verdad. En Al sonido de mí mismo. Editorial Letra Viva.

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