Carlos Mira: Evadiendo la realidad

Dándole continuidad a la evasión de la realidad, el presidente se bajó del avión que lo trajo de Europa y se subió a un Lear Jet en compañía de Eduardo Valdez y Horacio Pietragalla para visitar a la delincuente condenada Milagro Sala en una clínica de Jujuy.

Sala debía presentarse el 28 de junio ante una junta médica para verificar si los motivos que había aducido para cumplir su prisión en su mansión y no en la cárcel seguían vigentes.


Llamativamente el día 27 fue internada “de urgencia” en la clínica que pertenece a Manuel Quintar, dirigente del Frente de Todos en Jujuy, como consecuencia de lo que se dijo fue una trombosis venosa profunda. Nunca se vio un diagnóstico tan sugestivamente ubicuo como éste.

Pero dejando de lado esa curiosa coincidencia, el presidente, como nos tiene acostumbrados, incurrió en diversos horrores jurídicos al referirse al caso Sala en ocasión de su visita.

Fernández se arrogó el conocimiento de las causas judiciales que la delincuente Sala tiene pendientes, algo expresamente prohibido por la Constitución en su artículo 109 y pretendió ejercer influencia sobre las decisiones de los jueces, calificando varias veces a esta dirigente como “perseguida política”.

Recordemos que Sala fue condenada por la Justicia en todas sus instancias (incluida la Corte Suprema de Justicia) en el caso conocido como “bombachas” en el que ésta dirigente amenazó a la policía provincial con hacerle volar de un bombazo una comisaría. 

Pero además Sala tiene pendientes otras 10 causas (en un par tiene dictado un sobreseimiento que depende de la aparición de hechos nuevos para su continuidad) muchas de ellas muy graves por cuestiones que van desde desfalcos a la administración provincial hasta hechos de violencia física y armada contra ciudadanos indefensos.

En este último sentido, llama la atención la presencia en la delegación presidencial del secretario de derechos humanos, Pietragalla, que, en lugar de estar ocupándose de las múltiples víctimas de esta delincuente (cuyos testimonios aparecen por centenas y que cuentan las torturas, palizas, degolladuras de mascotas y otras salvajadas por el estilo), aparece apañando la postura de la persecución política con la que se presiona para que Sala sea indultada.

En ese sentido se expresó ayer otro delincuente preterintencional confeso (esto es alguien que públicamente manifestó que, si se dieran ciertas circunstancias, andaría “de caño” por la calle) -Juan Grabois- exigiéndole a Fernández que “ponga las pelotas sobre la mesa” e indulte a la criminal.

El presidente sólo podría hacer eso en la causa “bombachas” ya que todas las demás permanecen en la jurisdicción provincial, no tienen sentencia firme y tienen la conocida postura contraria del gobernador de la provincia que sostiene que Sala debe cumplir sus sentencias en la cárcel.

El presidente llegó a decir que en la Argentina no habrá Estado de Derecho mientras estas situaciones no se enmienden, cuando en realidad lo único que confirma que en el país no rige la ley es la olímpica ignorancia que de ella tiene el mismísimo jefe del Estado.

Milagro Sala fue, durante todo el apogeo kirchenerista, la líder de una agrupación paraestatal de sectarios dedicada al desfalco de los recursos públicos del pueblo y a la diseminación del terror entre los ciudadanos jujeños. No solo ejerció la amenaza pública sobre aquellos que pretendían oponérsele sino también contra sus propios seguidores a quienes sometía (según el propio relato de las víctimas) a las vejaciones más ultrajantes y a la violación sistemática de sus derechos humanos, con torturas, violaciones, palizas salvajes y el ejercicio de una violencia inusitada propia de una organización guerrillera.

Muchos han descrito a esa agrupación como una verdadera secta, en el sentido de que sus miembros perdían el poder del raciocinio normal para entregarse por completo a las órdenes de Sala que disfrutaba del ejercicio omnímodo de su poder sometiéndolos a las más bajas humillaciones.

Cuando uno escucha muchos de los testimonios de los agraviados por Sala (varios de ellos pueden encontrarse en el brillante documental producido por el periodista Gabriel Levinas, “Jujuy Desoído”) recuerda los casos conocidos de organizaciones narcoterroristas colombianas o a las policías secretas cubanas que someten a sus víctimas (y en muchos casos también a algunos de sus propios miembros) a las vejaciones y torturas más inimaginables o a lo que incluso pudo saberse fue el trato que el ERP argentino les daba a muchos de sus secuestrados. Es como si encontraran en eso una especie de éxtasis especial de su poder, el mismo que buscan imponer a todos en la sociedad por la vía de la violencia armada.

La Tupac Amaru estaba ataviada con un uniforme pardo que hacía recordar a las fuerzas paramilitares de Hitler que se caracterizaban también por idéntico fanatismo y cumplía con ritos públicos de sometimiento que, cuando uno los ve en algunos videos que se hicieron públicos, hacen correr frío por la columna vertebral.


A la líder de esta inmundicia fue a visitar el presidente, con, encima, la cesarista idea de influir en los jueces para que la suelten. No solo no se entiende la alianza del Jefe de Estado con el crimen y con una criminal condenada, sino que menos se explica que deje sus funciones en medio de un tembladeral económico financiero que tiene al país al borde de no poder comprar lo que necesita para comer y para no morirse de frío.

Si al presidente -que no tuvo un solo gesto de empatía con Abigail, ni con Solange, ni con Lara- le divierte hacer política jugando al izquierdismo con una fascista que puso en vilo la tranquilidad pública de una provincia por 15 años, debería atenerse a las consecuencias de ser recordado como un inepto, como un idiota útil solo funcional a que el totalitarismo impere por sobre la libertad.

Por Carlos Mira