Opinion

 

1o. 
  Venezuela vive un momento histórico que la encamina no a un simple cambio de Gobierno sino a algo más profundo: a un cambio estructural alejado del actual modelo de dictadura militar-populista, de corte fascista a un nuevo modelo de democracia de corte democrático-ciudadana.
 
2o.   La decadencia del anterior modelo político-partidista de gobiernos alternos entre los partidos Acción Democrática (demócrata) y COPEI (social-cristiano) surgido al final de la dictadura militar General Pérez Jiménez (1958), cedió el paso a Hugo Chávez, un militar-golpista quien con un discurso demagógico-populista pretendió tomar el poder en 1992 con un golpe de estado fallido que lo llevo a prisión
por dos años.  
 
3o.  Indultado tempranamente por el entonces presidente Dr. Rafael Caldera, fue a parar a la Habana a los brazos de Fidel Castro quien lo recibió al pie de la escalerilla del avión con un protocolo de presidente.  ¡Su estadía y recuperación en Cuba sirvió también de pasantía revolucionaria con el gobierno de Castro y de preparación de su estrategia de asalto de nuevo al gobierno, ahora con máscara de arrepentido insertado en la democracia participando en unas elecciones democráticas como un demócrata más!
 
4o. El estado desastroso del gobierno saliente y de los partidos tradicionales AD-COPEI-URD, permitió a Chávez crear un frente anti-estatus con los residuos de otros partidos, militares retirados, políticos retirados y una parte de la burguesía tradicional buscando algunas posiciones de poder en el nuevo gobierno.  El desconcierto en los partidos tradicionales fue tragico-comico y no pudieron formar una colación que frenara el empuje de las nuevas fuerzas chavistas.  La mayoría del pueblo venezolano desencantado de los partidos tradicionales se enamoró del discurso firme, demagógico y cuartelario de Chávez y derroto a sus contrincantes.  Este fue el comienzo del desmantelamiento de las debilitadas instituciones democráticas y la credibilidad en los partidos políticos democráticos.
 
 
 
Por el profesor Jesús Aranguren Córdova (Primera Parte)

La gran paradoja es que el presidente de EE UU va a dañar gravemente los intereses de su propio país saliendo del acuerdo climático.

Esta vez el mundo no va a esperar a Estados Unidos. Cuando más visible es el impacto del cambio climático, no es momento de parar la acción. Aunque Trump quiera bajarse del Acuerdo de París, la comunidad internacional va a seguir adelante. Este, y no otro, fue el consenso en la Cumbre celebrada en Marrakech a los pocos días de la elección de Donald Trump. Aquella reunión estuvo marcada por el impacto que causó esta elección, pero a diferencia de anteriores ocasiones, la reacción unánime fue la de que había que seguir adelante con los Acuerdos de París para frenar el cambio climático, independientemente de quien se sentara en el despacho oval. 

El daño principal de la decisión de Trump afecta a los propios Estados Unidos, sus empresas y su sector energético, que pueden verse fuera del movimiento mundial y tecnológico que impulsa el cambio de modelo energético. Por ello no es casual que se haya producido una rebelión interna liderada en esta ocasión por las empresas americanas, y no por organizaciones ecologistas, preocupadas por el impacto en sus negocios. La gran paradoja es que Trump, que acuñó eso de “el cambio climático es un invento chino para perjudicar a América”, va a dañar gravemente los intereses de su propio país saliendo del acuerdo climático.

Estados Unidos es el negociador más influyente en las cumbres del clima. Desde que en 1992 en Río de Janeiro, jefes de Estado del mundo entero se pusieran de acuerdo en la necesidad de hacer frente al cambio climático de origen antropogénico, EE UU ha formado parte en todo el proceso negociador. Quizás por eso la lucha contra el cambio climático no haya sido demasiado efectiva: a lo largo de estos años Washington ha puesto muchos palos en las ruedas.

Cuando en 1997 se firmó el Protocolo de Kioto, el entonces vicepresidente, ahora figura relevante en la lucha por el clima, Al Gore, no consiguió su ratificación. Sin embargo, en aquella negociación, la Unión Europea sí jugó un papel de liderazgo que hizo posible que Kioto saliera adelante. El actual abandono por parte de Trump puede suponer una oportunidad para Europa, que puede recuperar el liderazgo ambiental que perdió en la fallida Cumbre de Copenhague.

Tras el fracaso de Copenhague, París sí consiguió poner de acuerdo a la comunidad internacional en un compromiso de reducción de emisiones. La presencia de Estados Unidos en el acuerdo fue uno de los motivos para el optimismo: por primera vez parecía sumar sin condiciones al pacto global.

Recordemos que Estados Unidos ha sido durante muchos años el país más contaminador del mundo. Con una economía basada en los combustibles fósiles, sólo el desbocado crecimiento de China impulsado por el carbón le hizo perder ese dudoso honor.

Motivos ambientales, pero también económicos y sociales, están propiciando el cambio de modelo energético, y el avance parece imparable. Esto explica el nerviosismo de las empresas norteamericanas por la decisión de Trump. Es una mala noticia para el planeta que EEUU abandone París, pero en esta ocasión la comunidad internacional ha dicho alto y claro que el cambio de modelo es irreversible. El mundo no se va a parar para que Trump se baje; pero si quiere hacerlo, la inercia le hará estamparse.

JUAN LÓPEZ DE URALDE

Donald Trump acaba de resucitar el eje del mal. George Bush hijo acuñó la célebre expresión en su discurso del estado de la unión de 2002, en referencia a Corea del Norte, Irán e Irak. Trump, sin mencionarlo explícitamente, ha reflotado de forma rompedora ese concepto durante su visita en Arabia Saudí. Ante una audiencia de líderes árabes en Riad, el presidente de EE UU sostuvo que en el mundo se libra una batalla “entre bien y mal” y reincorporó sin contemplaciones a Irán en el club maudit después del deshielo impulsado por la Administración Obama. En Riad, Trump calificó a Teherán como un régimen que “ha alimentado durante décadas los fuegos del terror y el conflicto sectario”, que “financia, arma y entrena a terroristas”. El régimen sirio —al que EE UU acaba de bombardear— sustituye a Irak en el tríptico horribilis de Trump.

El “mal” al que se refiere el líder estadounidense es solo el terrorismo islamista. Un concepto filosófico y político unívoco, en el que no tienen cabida otros elementos. No interesa a Trump la represión —a menudo brutal en los países a cuyos mandatarios se dirigía— de los derechos de los opositores, de las minorías, de las mujeres, de los homosexuales. “No estamos aquí para dar lecciones”, zanjó el magnate ante el gotha árabe. “Buscamos socios, no perfección; aliados que compartan nuestros objetivos” (y no, elocuentemente, valores), señaló el presidente en otro pasaje. Significativamente, en primera fila del acto no estaban ni el democrático Túnez, ni el Líbano que desde hace décadas intenta con dificultad avanzar en la senda del pluralismo político, sino regímenes autoritarios más lejanos en valores pero más útiles en objetivos.

Así, el concepto de mal que elabora Trump (en mayúsculas en la transcripción del discurso facilitada por la Casa Blanca) parece una conjugación ética y geopolítica de su gran mantra: America First. El único mal que interesa es el que preocupa a Estados Unidos. Los otros no entran en el ángulo visual. Y si bien es cierto que Trump, correctamente, menciona que los propios musulmanes son los más mueren por el terrorismo perpetrado por sus correligionarios, el contexto general de su propuesta política parece reducir esa mención a un elemento instrumental para convencer a los socios a cooperar en la dirección deseada.

El discurso de Riad por tanto declina en política exterior el verbo ganador de Trump, y acomete una profunda ruptura con la tradición de las Administraciones estadounidenses previas quienes, de forma más o menos vocal, han defendido la expansión universal de derechos civiles y políticos liberales, en nombre de la visión de EE UU como país con vocación de liderazgo moral global. Según las etapas y los observadores, ese esfuerzo ha sido considerado un velo hipócrita sobre descarnados intereses o un loable intento de promover el progreso. Fuera lo uno u lo otro, Trump acaba de hacer un viraje de 180 grados. Para algunos tendrá, al menos, la virtud de la franqueza; para otros, el espanto de la definitiva abdicación del universo de valores que es la espina dorsal de Occidente en paulatino desarrollo desde el humanismo, el renacimiento, la ilustración, el advenimiento de las democracias liberales.

ANDREA RIZZ

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